¿Qué pasaría si durante todo un día los hombres alrededor del mundo fueran incapaces de mentirle a la mujer?

Así es. Nadie sabe aún dónde ni como se originó esto. Lo único certero es que durante las próximas veinticuatro horas ningún hombre en el planeta será capaz de mentirle a una mujer ni de ocultar sus sentimientos. ¿Sobrevivirá la humanidad? Acompaña a Mayra y Jonathan cada segundo de este nefasto día. ¿Sobrevivirán ellos?...

No te olvides de realizar la encuesta de hoy!!! y compartir el blogg.
Mis agradecimientos a quienes me siguen (en especial a mi primita a quien exploto ^^), a mi "traductor oficial" del pensamiento masculino (qué haría yo sin tu labia), a mi "correctora desaparecida" (insisto, ¿dónde estás?) y a mi propio Alex que me apoya cada día para seguir escribiendo. ^^

5. Sin hielo y puro

- ¿Me vas a contar? – preguntó Mayra.

Horas atrás habían ido a bailar a una discoteca conocida de la Calle de las Pizzas. Era el lugar favorito de Jonathan. No fueron solos por supuesto. Nunca lo hacían. Era algo aburrido ir solamente los dos. Ya lo habían intentado pero luego de un rato siempre volvían cada uno a su casa. Esta vez los acompañó Angie, Sebastían y una muchacha pequeña y menuda. Su nombre era Carol. Había sido enamorada de Jonathan cuando estuvieron en el colegio. Un amor de esos que sabes que van a acabar, como todas las cosas en este mundo. Rompieron por alguna pelea tonta que ninguno de los dos lograba recordar ahora luego de tantos años. Fue algo tan insignificante que cuando terminaron la secundaria volvieron a salir un par de veces como amigos. Se encontraron años luego en el mismo instituto.

En el departamento de Mayra, Jonathan bebía una cerveza con su mejor amiga. Habían dejado en la cama a Angie. Ella no podía aguantar más el sueño. Pero antes de acurrucarla, dejaron en la puerta de su departamento a Carol. Ella decidió alquilar dos cuadras más allá de donde vivía Mayra. Se hizo amiga de ella sin saber que era la misma Mayra de la cual Jonathan hablaba todo el tiempo. Luego vendrían las risas por la curiosa coincidencia. Algo muy natural.

- ¿Qué quieres que te cuente?
- Nunca me dijiste qué pasó exactamente. Tú sabes..., con la mamá de Carol.

Jonathan sacó una caja de cigarros de su bolsillo izquierdo. Encendió uno y fumó. El humo proveniente de sus labios le daba un aire de misterio a la situación. Mayra rio coqueta.

- ¿Qué quieres saber?
- Detalles. ¡Obvio!
- Eres una morbosa. Enferma.

Mayra volvió a sonreír con malicia. Se mordió el labio inferior y le levantó una ceja.

Jonathan dio un suspiro largo. Miró a la chica que le coqueteaba frente a él con descaro.

- Su papá falleció un año antes que estuviéramos - empezó a contar mientras se estiraba en el sillón - pero a causa de su fallecimiento nuestra relación como que comenzó.

Volvió a fumar y continuó.

- La cosa…, ya sabes como es…, eso de yo te cuido, yo te consuelo, necesito desahogo etc., etc.

El etcétera lo podía imaginar muy bien. Ella misma lo había vivido cuando empezaron a salir. Su depresión y deseos de morir habían pasado meses antes de que conociera al chico frente a ella.

- Al año estuvimos. La mamá ya estaba separada del papá, pero de igual forma le chocó un poco. Mi amiga se fue a vivir con su mamá.
- ¿Vivía con su papá? – lo interrumpió Mayra.
- Sí. Cuando tienes una vieja así, pues obvio eliges ir con tu viejo.

Mayra iba a decir algo, pero prefirió callar. Sabía que Jonathan no hablaba por hablar.

- Y bueno yo llegaba a la casa y normalmente me quedaba a dormir y ,bueno , era obvio que pasaban cosas a veces. Juegos. Toqueteo esas cosas, ya sabes.

Él la miró de reojo. - ¿Quieres que te cuente que hacíamos?
- Más tarde. – contestó la chica y le quitó el cigarro. Mayra no fumaba muy a menudo. Lo hacía solo cuando había bebido lo suficiente para que su conciencia no la fastidiara.

- El caso es que…, en una de esas noches me di cuenta que la tía, que muy aparte no estaba nada mal, se cuidaba… - Jonathan hizo una mueca de recordar algo delicioso - la tía nos miraba desde la cocina pero no decía nada. Mi enamorada en ese momento no se dió cuenta que su mamá estaba ahí, porque yo le estaba haciendo unas cosas con la lengua, ya sabes donde y ella trataba de no gemir muy fuerte. Pero la tía nos veía. Yo me hice el que no la vi y ya después de un rato me volví a verla y ella no estaba.Cuando ya me iba a despedir, la señora me regala un “Adams” y me dice “para el sabor” y se rió.

Mayra soltó una carcajada. Jonathan le hizo una seña de silencio mirando a la habitación donde Angie dormía.

- “Sorry”, sigue.
- Yo me arroché. Pero bueno…, las cosas siguieron normal. Hasta un día que llegue y mi enamorada había salido, pero sabía que no demoraría. Su mamá me invitó a la sala. Yo acepté normal. - El muchacho estiró los brazos y los llevó hacia detrás de su cabeza en una postura muy relajada. - Cuando se sentó yo pensé que bueno era hora de hablar y que me diría que eso estaba mal y bla, bla, bla… Ya bueno la cosa siguió de lo más normal
Ella y yo sentados y me dijo “¿Has tomado alguna ves? Era obvio que sí, pero me ofreció un whisky. Yo todo macho y haciéndome el que sabía que hacía le dije “Sin hielo y puro”

Los dos chicos se rieron. Mayra le devolvió el cigarro. Él la miraba fijamente a los ojos. La estaba seduciendo con la mirada. “Sigue, sigue”, dijo la muchacha, escapando de esos ojos de rapaz.

- Nunca había tomado eso, pero bueno, me dijo “me disculparas pero yo lo tomo así también”. Se sentó y recuerdo muy bien que llevaba una falda y una blusa negra que dejaba ver su brasier que era igual de negro. Ella estaba con el cabello mojado como si recién se hubiera bañado. Se sentó delante de mí pero con las piernas abiertas y era imposible ver que no llevaba bragas. ¿Sabes que es braga? – Mayra asintió.- No quería decir la otra palabra. Me quede tratando de no ver pero como sabes esas cosas no se pueden evitar fácilmente. Un toque – Jontahan volvió a fumar - Ya OK. Bueno el chiste es que yo no podía evitar no mirar y se me paró. Me dijo “¿tienes algún problema? y yo le dije “Sí señora, lo que pasa es que sé que vio el otro día y creo le debo una disculpa.

Me quedó mirando y dijo “bebe” yo entendí el mensaje y tome del whisky. Pero me dijo “no de ahí”. Se levantó y se subió la falda. No te imaginas como me puse – el chico dio una pausa larga y miró a su amiga sentada con un aspecto ansioso. – Sí, así como tu. – Ambos se rieron una vez más.

- Ya la cosa es que yo dije “pero señora…” y me dijo “Si me haces lo que haces con mi hija te dejare en paz. Si me haces algo más imaginitavo tendrás dos cosas que preocuparte.” yo agarre y le dije “pero estoy con su hija” – Volteó a ver a Mayra.

- ¿Qué crees que me dijo?

Mayra se quedó callada. No podía decir nada. Su mente estaba al máximo imaginando cada detalle.

- Dijo: “Nadie, ni ella tiene que saberlo”. Se arrodillo, me quitó el vaso de la mano y me hizo uno de los mejores orales que jamás he probado. Ese fue mi primer 69.

Hizo una pausa abrupta. Mayra miraba el suelo, algo decepcionada. Él sabía de qué se trataba. Durante el tiempo que ellos andaban juntos de juerga en juerga, la mente retorcida de su amiga funcionaba de tal forma que lo único que ella escuchó fue: “me hizo un oral mucho mejor que el tuyo”.

- Tú sabes que lo haces bien. Muy bien. – Habló el chico – La situación quizá lo hizo más “hot”. Pero tú sabes que me encanta lo que haces. – Mayra lo vio con ojos de deseo. – ¿Tienes ganas? , preguntó el chico. Ella se levantó del sofá y se dirigió hacia él. La historia la había excitado demasiado. Le quitó la cerveza en lata y puso su rostro tan cerca a la de él que ambos podían sentir la respiración del otro. Miró hacia el pantalón abultado de su amigo.

- ¿Y tú?, ¿quieres?, le dijo.
- Yo sí. Tú sabes que me dejo hacer lo que quieras…

La chica lo miró, cerro los ojos y le dio un beso en la frente.

- Estoy cansada. Otro día, ¿si? Voy a dormir con Angie.
- Eso me parece mucho más interesante.
- Eres un morboso. Enfermo.

Se rieron los dos y al instante se sacaron la lengua el uno al otro simultáneamente.



La puerta rugió una vez más.

- ¡Abre la maldita puerta, Mayra! , gritaba Carol desde el otro lado.

Angie fue la que obedeció. “Ya fuiste, Jonathan” se le escuchó decir. Entonces muchas cosas pasaron a la vez. Jonathan saltó despavorido por sobre el sillón de la sala en dirección al balcón mientras la puerta se iba abriendo. Mayra soltó un grito “¡Es un cuarto piso, Jonathan!” y se dirigió rápidamente detrás del chico aterrado. Carol ya estaba dentro.

El muchacho pareció no oír la advertencia. Su cuerpo andaba delante de lo que su mente podía reaccionar. Quería huir, quería escapar como sea. Nada podía impedírselo. Nada. O bueno, casi nada. Un fuerte golpe se oyó, como si algo se hubiese roto y Jonathan sintió un tremendo dolor en su nariz una vez más. Había olvidado el ventanal que separa el balcón de la sala y se había golpeado contra el. Atontado, cayó al suelo.

Las tres chicas se quedaron inmóviles por un momento. Luego Angie empezó a matarse de la risa.

- ¡Qué huevón que eres!- grito entre risa y risa.

Mayra y Carol voltearon a verla y luego se miraron la una a la otra. Una aterrada, la otra furiosa. Dos segundos pasaron y ambas fueron hacia el joven tumbado en el piso, retorciéndose de dolor. Mayra lo ayudó a sentarse mientras él se sobaba la cabeza y la nariz. Le costaba respirar, ninguno sabía si era por el golpe o por el hecho de que sabía lo que iba a pasar en los siguientes minutos.

La muchacha menuda y pequeña lo miró por un momento. Él le devolvió la mirada y se levantó obviando la ayuda de Mayra. Hubo otro silencio.

- Sólo tengo una pregunta, dijo Carol al fin.

Jonathan suspiró

- ¿Te cogiste o no a mi mamá? – La voz de la chica sonaba ahora cortada. Se notaba que le costaba hacer tamaña pregunta. Tragó saliva.

El chico la miró una vez más. Tomo aire y contestó sin poder evitarlo.

- Sí.

Muchas sensaciones llenaron el rsotro de Carol. Había dolor, tristeza, decepción y rabia. Mucha rabia. De pronto una desolación la invadió y por un instante todos pensaron que lloraría. Al final, fue la rabia quien ganó. Su diminuto cuerpo pareció de otro planeta. Respiró hondo. Decidida, empezó el ataque de furia. Sus dedos se tensionaron y se abalanzó sobre el muchacho clavandole las uñas en cada espacio de su rostro. El chico se tambaleo y cayó al suelo una vez. La bestía estaba desatada. ¡Cómo… pudiste… hacer…eso! Gritaba el demonio disfrazado de mujer y con cada arañazo una palabra salía de sus labios. ¡Eres… un… hijo… de… perra! Jonathan no reaccionaba. Trataba inútilmente de detenerla. Pero por algún motivo el cuerpo de la pequeña mujer parecía pesar igual que un obrero de construcción.

- ¡Carajo! ¡Cálmate! - Se le oyó decir al chico, quien ya no sentía el rostro.

Mayra estaba muy quieta. No tenía idea de que hacer. No sabía si debía intervenir. “me puede sacar un ojo”, pensó.

- ¡Eres… una… mierda! – Continuó Carol - ¡Estabas… conmigo! ¡Te odio!

Entonces Mayra reaccionó. Agarró de un brazo a la mujer descontrolada y trató de empujarla hacia atrás. Fue imposible. La fuerza descomunal que salía de la muchacha era para no creerlo.

- ¡Ayúdame! Le gritó a Angie.

Ella volteó los ojos y se acercó al lugar de la pelea lentamente. Ambas mujeres cogieron con todas sus fuerzas a Carol.

- ¡Suéltenme! ¡Suéltenme! ¡Lo voy a matar! , gritaba la chica.

Cuando lograron separarla del cuerpo de Jonathan ella estaba totalmente roja. Su rostro color tomate daba la impresión de estar poseído. Mayra la tomó por los hombros.

- ¡Cálmate!, le gritó.
- ¡¿Cómo quieres que me calme?!
- ¡No lo sé!

Jonathan se levantó del piso. La cara llena de arañazos y ensangrentada. Las uñas de Carol habían calado profundo. Se derrumbó de dolor en el sofá. Mayra miró a Angie pidiendo ayuda una vez más. La chica tomó el lugar de Mayra quien se acerco a lo que quedaba de su amigo. Carol estaba tan agitada que su respiración podía escucharse por toda la sala.

- Vamos al baño a que te laves la cara - le dijo Mayra al chico casi moribundo - Hay que limpiarte a ver que tan grave es.

El muchacho se levantó apoyándose en el hombro derecho de ella. Caminaron lentamente mientras las dos mujeres los miraban. Cuando estaban cerca de la puerta del baño, Carol habló una vez más, rompiendo su palabra.

- ¿Sólo fue una vez?, dijo en voz alta.

Jonathan paró en seco. Vio a su mejor amiga directamente a los ojos con una mirada de súplica y ella entendió todo. Esta vez Carol lo iba a matar.
- Muchas veces, empezó el muchacho. Se quedó callado y luego respiró para volver a hablar. - Lo hicimos casi unas diez veces.

Silencio sepulcral. Angie soltó a la fiera con una sonrisa diabólica. La diminuta chiquilla voló por la sala en busca de su nuevo objetivo. Mucho más por debajo del rostro y a un alcance lo suficiente accesible para ella. Clavó las garras en la entrepierna de Jonathan. Un aullido como de un animal herido se escuchó y otra vez el joven cayó al suelo arrodillado del dolor.

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4. Ya fuíste, Jonathan

Mayra tocó la puerta por tercera vez.

- Jonathan, ¿estás bien?- preguntó también por tercera vez.

Dentro del baño, un joven sentado en el borde de la tina miraba el suelo sin pestañar. Tenía ambas manos tapando sus orejas con el temor de escuchar lo que la mujer al otro lado de la puerta podría estar preguntándole. Pero eso era lo de menos. Su miedo a lo que pudiera estar preguntando era nada en comparación a todo cuanto estaba pasando por su mente. Pequeños recuerdos invadían su cabeza, uno más aterrador que el otro. Cada vez que trataba de dejar de recordar, algún otro trozo de memoria se incrustaba amenazante.

- ¿Qué le pasa?- Mayra tenía el rostro lleno de preocupación. No sólo tenía que lidiar con el hecho que su novio estaba al otro lado del mundo, lejos de ella, en esta situación incomprensible, sino que además su mejor amigo estaba encerrado en el baño de su departamento sin querer salir - ¿Se chocaron o algo así?

Angie miró a su mejor amiga impaciente. Siempre había odiado la forma en que Mayra se preocupaba por Jonathan. Para ella, esa amistad estaba basada en una mentira. Abrió la boca lista para decir algo, pero cambió de opinión. De impaciente e irritada a confundida e inquietada.

- La verdad es que no lo sé – mintió – Veníamos en el carro y de repente empezó a hacer eso, como si estuviera en shock o algo así. Creo que está muy asustado. Deberíamos hacer que salga. Puede estar haciendo cualquier cosa allá dentro.

Mayra tocó por cuarta vez, sin dejar de mirar a la chica frente a ella.

- Jonathan, ábreme la puerta.

Cinco segundos de silencio.

- Creo que deberías usar la llave – sugirió Angie.
- No lo sé. Él no es de hacer estas cosas... ¿Estás segura que nada pasó?
- Sip – dijo Angie con toda la seguridad del mundo – Creo que está muy nervioso con todo esto.
- ¿Tú estás bien?
- Sí…, no te preocupes, estoy muy bien. Creo que nunca me he sentido mejor. Deberías usar la llave.

Mayra corrió a su habitación, mientras su amiga la miraba satisfecha. Tomó las llaves del baño y volvió a la puerta. Tocó por última vez.

- Jonathan ¡Voy a entrar! ¿Está bien?

Angie alzó una ceja con aire triunfante. Pensaba en tantas cosas que Jonathan podría decir. “Al fin, la verdad”, pensó. Vio a Mayra cogiendo la llave, apunto de usarla.
Entonces, la puerta se abrió. El chico dentro observó a la chica atemorizada frente a él. Dio un largo suspiro. “Siempre se preocupa por mi, ¿Porqué siempre se preocupa por mi?”

- No puedo mentir.- dijo al fin.

Mayra se quedó callada por un instante. - ¿Perdón?, preguntó.

- No puedo mentir. Ningún hombre puede. No tengo idea qué está pasando pero ahora tengo miedo de estar aquí porque sé que voy a tener que decirte todo en lo que te he mentido y no tengo idea de cómo vas a reaccionar.

- ¿Cómo? – La chica no lograba entender nada.

Jonathan volvió a suspirar. La miró y una vez más, corrió. Se encerró esta vez en la habitación de su mejor amiga.

- ¿Qué carajo le pasa?
- Está diciendo la verdad- suspiró Angie- Realmente no puede mentir, al parecer ningún hombre puede. Por eso es que el idiota de Marcos me dijo eso.

Mayra miró incrédula a su amiga. Nada de lo que había dicho tenía sentido, No era posible. Sin embargo, la imagen del esposo respetuoso y caballero del piso de arriba atacado por su mujer la golpeó como una revelación.

- ¿No pueden mentir?- preguntó casi temblando.
- Así es - Angie alzó ambas cejas y dio una media sonrisa – No tengo idea que ha pasado pero es toda la verdad. No tienes idea lo que está pasando allá fuera. La gente está por todo lado. ¡Casi atropellan a un señor a la hora que veníamos del Ovalo!

Las palabras de Angie sonaban como un eco lejano para Mayra. Durante un minuto pensó estar soñando. Creyó que seguía aún en su cama y que en algún momento despertaría para empezar su día ya programado. Aquel domingo iba a cocinar un postre para Alex. Iría por unas velas y ordenaría la sala de forma romántica. Una semana lejos del ser al que más amaba había sido demasiado reto para ella. “Alex”, pensó. “Mi Alex está lejos, puede haberle pasado cualquier cosa. No hay comunicación, no tiene como llamar, como escribir. ¿Y si le pasó algo? De pronto, despertó, Sintió como una fuerza extraña movía su cuerpo inerte.

- ¡Mayra!, ¡Mayra! Reacciona.- Angie la sacudía por ambos hombros. – Estás temblando.

Las dos chicas se miraron. Una horrorizada, la otra perdida en sus pensamientos. Un largo suspiro salió de los labios de la chica ida. Recordó a Jonathan entonces. Juntó ambas cejas y se dirigió a la puerta de su habitación.

- ¿No está cerrada? – Oyó a su amiga preguntar.

- No - dijo mientras abría la puerta. Jonathan estaba mirando un poster pegado a la pared blanca del cuarto – La cerradura no funciona desde hace meses.

El muchacho se volvió a verlas. Luego simplemente, habló:

- No puedo evitar decir lo que estoy pensando. Y la huevona de tu amiga me hizo recordar todas las “weadas” que te he dicho. Todo lo q te dije fue puro floro. Fueron “weadas” “nomas”. Yo solo quería tirar contigo hasta que pasó lo del cine y de ahí tú conociste al huevón de Alex y ¡puta madre! Como me jodió eso que me dijeras que ya no querías “tirar” conmigo, que le ibas a ser fiel y tanta cosa. Y ¡naa! Pues, mira la verdad es que yo solo quería tirar contigo... nada más...yo no quería estar contigo… Yo tenía flaca en otro lado, pero tenía ganas de cachar “nomas” y la otra “weona” estaba lejos.

Hubo otro silencio interminable. Jonathan posó sus ojos sobre Mayra. Se veía tranquila. Algo molesta, pero calmada. Ella respiró hondo “Voy a poner a hervir agua”, dijo y fue en dirección a la cocina. Angie vio como su amiga cruzaba el comedor. Esa victoria que estaba esperando desde que tocó la puerta del departamento se convirtió de repente en un sentimiento de culpa. Dio una ojeada de arriba abajo al muchacho que se encontraba aún dentro de la habitación. Una última mirada despectiva y salió tras los pasos de Mayra, quien ya había encendido la tetera.

Jonathan volvió a ver el poster. Era una promoción de una película de acción que fue popular hace cinco años. Él había ido a verla junto con Mayra. La sala de cine estaba casi vacía así que se sentaron al fondo con una complicidad en querer cumplir una fantasía de hacerlo en un lugar público. Cuando las luces se apagaron, él la besó apasionadamente y empezaron a acariciarse sin control.

- Tráeme las tazas que están sobra la cómoda – dijo Mayra desde la puerta del cuarto. Su entrada distrajo los pensamientos del chico. Entonces ella pasó la mirada del póster a su amigo y viceversa. El muchacho habló:

- No había “cogido” con nadie desde la última vez que lo hice contigo, antes de ese día. Te dije que sí había tenido sexo dos semanas atrás, pero era mentira. No lo había hecho con nadie después de ti. Por eso me vine al ttoque.


Ambos se miraron un instante. Ella recordó. En el cine, luego de los besos, caricias, gemidos en silencio y el sexo oral que tanto le gustaba a ambos, Jonathan se colocó el preservativo listo para cumplirle la tan dichosa fantasía a Mayra. Ella sintió como él estaba dentro de ella. De pronto hubo un silencio extraó. ella trato de moverse pero él la detuvo. "?Qué pasa?", preguntó la chica. "Que ya me vine", respondió Jonathan. El rostro de de la muchacha se lleno de una expresión de confusión total. Giro la cabeza y vio a su amigo. Era cierto, el chico había eyaculado al instante en que habia penetrado a Mayra.

De vuelta la realidad, ellos se seguían mirando. Luego pasaría algo a lo que Jonathan estaba muy acostumbrado. Mayra estalló en una carcajada burlona. Él se sentó en el borde de la cómoda y ella se le acercó sigilosamente con las manos en los bolsillos del pantalón, siempre mirando el dichoso póster y riéndose de su amigo.


- Lo sabía – dijo la chica cuando estuvo frente a él – O sea, no es que siempre lo hubiese sabido, sino que luego de ese día simplemente lo supe. Era obvio que no lo habías hecho con nadie. Te viniste apenas entraste. ¡ Y estabas con una cara! Cómo si nunca lo hubieras hecho en tu vida. O sea… tú sabes pues… - Siguió riéndose. Él también lo hizo- Cada vez que lo veo – continuó Mayra – me recuerda a ese día.
- Por eso lo tienes ahí, para que te recuerde los malos momentos. Las idioteces que te digo.

Los dos se miraron una vez más. Ella sonrió.

- A veces pienso que me conoces demasiado – dijo la chica.
- Ahora sé que tú a mi también.

Mayra volteó sus labios hacia un lado con una mueca de enfado obligado. “Cómo adoro sus muecas”, pensó el muchacho.

- Muecuda- le dijo.

Ella le sacó la lengua. Casi al instante, él hizo lo mismo. La chica acarició el cabello de su mejor amigo. De repente tres golpes potentes se escucharon en la sala. Los dos jóvenes salieron del cuarto y vieron a Angie aterrada frente a la puerta del departamento. Un nuevo golpe se escuchó.

- ¡Mayra! Sé que estás ahí. Vi el carro de Angie en la cochera.

La adrenalina corrió por las venas de Mayra. Le bastó un instante para reconocer la voz de la mujer al otro lado de la puerta.

- Sé que Jonathan está ahí. ¡¿Dónde más puede estar?! ¡No lo escondas!

Un relámpago de recuerdo en la mente de Mayra: Ella chateando con su mejor amigo. “¿Con quién fue tu primera vez?”, le preguntó. “Con la mamá de mi enamorada de ese entonces”, contestó el chico. “Ay, por favor, no me pongas esa cara”, volvió a escribir Jonathan al ver por WebCam el rostro anonadado de su amiga.

Un recuerdo más: Estaban los dos en una discoteca y él le dijo al oído. “La chica con la que hemos venido hoy. Ella es… la de su mamá… ¿recuerdas?” Mayra vio a la joven que bailaba junto a Angie. “De ahí, seguimos como patas”, siguió Jonathan, “Obvio ella no sabe nada, así que con cuidado”

Tres golpes más y la chica que algún dia de adolescente fue enamorada de Jonathan gritaba:

- ¡Ya sé lo que está pasando! No lo escondas, sólo quiero preguntarle algo.

Mayra volteo hacia Jonathan. Estaba inmóvil. Aterrorizado. Los ojos muy abiertos viendo la puerta de madera. Recordó cada instante en el que perdió la virginidad con la madre de la mujer detrás de la puerta. Luego, una imagen aún peor. Angie frente a la puerta con una sonrisa maquiavélica colocó su mano sobre la perilla y le dijo: “Ya fuiste, Jonathan”.

3. Dos en el camino

Jonathan vio como el Toyota verde petróleo de Angie se sobre paraba cerca a él. Abrió la puerta y entró tan pronto como pudo.

- Gracias. Esto es una cagada.

- ¿Tienes idea de lo que pasa?

- No, nada. ¿En la radio no dicen nada?

- No hay señal. Mira si quieres.



Jonathan encendió el equipo moderno instalado hace unas cuantas semanas atrás. Tenía toda la razón. No había ningún tipo de señal. El carro olía al desodorante de ambiente con aroma a frutas que alguna vez lo distrajo cuando trataba de besar a Angie en el cuello. Lo recordó y sin saber porqué, habló.



- Deberías de cambiar de aromatizante. Esta huevada me distrajo ese día, ¿te acuerdas?



Se miraron el uno al otro. Ella con ojos de confusión y él con pánico. Su mente se llenaba de imágenes de la discoteca y se tapó la boca con ambas manos



- ¿Qué tienes? – Angie lo miró como si mirara a un objeto mal oliente.

- Estaba recordando el día que tiramos acá en el carro. !Ahhhh…. !– un grito salió de sus labios y volvió a taparse la boca.

- ¿Qué te pasa? - Está vez la mirada sería de preocupación.

- Es que no puedo dejar de hablar. Osea, no puedo dejar de decir lo que pienso.

- Lo sé… eres algo idiota por eso, pero…

- No, no. No puedo evitarlo, simplemente lo digo. Y no soy solo yo. ¿Has visto a los demás?



Angie miró aterrorizada a su compañero de viaje y volvió la mirada hacia la ruta. Se volvió loco, pensó. Entonces Jonathan siguió: "No sé porque, pero simplemente tengo que decir lo que tengo en la mente. Y a todos los demás que estábamos en la discoteca les pasó lo mismo. "



Por la cabeza de Angie, la imagen de Marcos y la estupidez que él había dicho antes que ella lo botara de la habitación.



- ¿Me estás diciendo que no pueden mentir? – preguntó, mirándolo de reojo.

- ¡Exacto! ¡No podemos mentir!

- No lo puedo creer… Pero, entonces… No puede ser. No tiene sentido...

- ¡Eso ya lo sé! – gritó Jonathan impaciente.

- ¿Por eso me dijo eso?

- ¿Quién? ¿Qué cosa?

- Marcos. Me dijo que no me movía como su ex… ¡el muy imbécil, ese!

- ¿Estaban en el telo?

- Sí.

- Ah… eso es normal. Nos pasa a todos, a veces. Pensamos en otra persona. Cuando estaba contigo pensaba en Scarlet Johanson. Esa flaca está más buena.



Se miraron una vez más. Los ojos de Angie se le llenaron de rabia y asco. Jonathan solo atinó a taparse las orejas con ambas manos y tararear en voz alta algo como “No te escucho, no te escucho, no escucho nada”. Angie empezó a golpearlo con una sola mano mientras con la otra conducía camino al departamento de su mejor amiga. Con cada golpe Angie pronunciaba una por una cada sílaba: ¡¿Qué – de-mo-nios- pa-sa – con-ti-go!



Jonathan seguía con ambas manos en la cabeza. “No te oigo, no te oigo. Soy de palo, soy de palo, tengo orejas de pescado", decía lo más fuerte que podía con tal de no pensar.



- No tienes remedio. Pareces un niño.



Angie regresó ambas manos al volante y continuó con la mirada fija en la pista. Quería concentrarse en conducir pero simplemente le era imposible. Su mente estaba obsesionada con recordar cada instante que pasó junto a su acompañante esa noche. “Todo estaba bien”, pensó. Caminaron por el malecón, conversaron de todo lo que habían hecho desde la última cita, rieron, comieron pollo, un trago en Rustica, todo estuvo bien, ¿en qué momento cambió? Recorrió cada caricia en su memoria. Nada fuera de lo común. Besos, toqueteos, etc. Entonces, su rostro cambió. Su respiración se aceleró y justo ahí, lo recordó muy bien. Marcos había dicho en medio de la oscuridad: “Uy, que rica. Me la voy a comer todita. Ya cayó.” En un primer momento, Angie pensó que había escuchado mal, pero ahora no le quedaban dudas. “Ojala no me venga rápido.” “Ta’ mare, no traje condón”



- ¡Cuídado!- gritó Jonathan.



Tres cosas pasaron al mismo tiempo. Angie vio como un hombre cruzaba despavorido la pista sin ver a ningún lado. Ella tampoco lo había visto. Por un instante pensó que lo mataría, pero la voz de Jonathan la despertó. Pisó con toda su fuerza el freno y el carro se detuvo en seco. El hombre ni siquiera se inmutó tras esto. Vio de reojo el coche que acababa de parar frente a él y siguió corriendo como si lo persiguiera el diablo. Un segundo más tarde, el diablo venía en otro auto. Una mujer conducía una camioneta blanca a toda velocidad en dirección al casi atropellado.



Ambos amigos se miraron sin decir nada por un largo momento. De repente Jonathan volvió a su estado de defensa. “Soy de palo soy de palo…” ambas manos en las orejas, una vez más. No se dirían ni una sola palabra hasta llegar donde Mayra.



Estacionaron justo frente a la puerta del edificio. Con todo el caos que había, ningún sitio era seguro para el auto, así que decidieron dejarlo ahí hasta que Mayra pudiera darles las llaves del estacionamiento privado. Tocaron el timbre de la reja principal. Mayra los dejó pasar. Ella vivía en el cuarto piso del lado derecho. Jonathan había permanecido en silencio hasta ese momento pero al subir las escaleras, sin pensarlo habló:



- Voy a pedirle a Mayra un tequila. Ah… como necesito chupar.

- Haz lo que quieras – contestó Angie dando un suspiro y con voz de aburrimiento – La verdad, no tengo idea como puedes estar tan tranquilo en este momento.

- ¿De que hablas?

- Bueno, ya dejaste tu lado paranoico y, al menos, conversas como persona normal.

- ¿Y eso que tiene que ver?

- Pues… estamos a un minuto de ver a la mujer que consideras tu mejor amiga. A la de, según tú, "mayor estima". ¿No tienes miedo?

- Nada que ver – dijo Jonathan con aire altanero- En este infierno, el depa de Mayra es mi paraíso personal. No hay nada que le oculte o le haya ocultado.

- Eso no te lo creo – contestó Angie entre risas, mirándolo fijamente. Habían llegado a la puerta del departamento. El rostro confiado de Jonathan esbozó una sonrisa pícara. Angie alzó las cejas. De pronto la expresión del chico cambió por completo. Una mueca de dolor e incredibilidad lo invadió y sólo pudo  abrir la boca, completamente absorto.



Angie dio una carcajada… “! Entonces, sí hay algo! !Le  ocultas algo!” gritó satisfecha y con tono de victoria. Jonathan dio media vuelta con intenciones de huir.



- Ah… no, mi amor… ya es muy tarde - La chica lo tomó fuertemente de un brazo y con el otro tocó la puerta de su amiga.



Tres segundos pasaron para que Jonathan pudiera recordar tan solo una conversación de hace años atrás. En su mente, una chica simpática en ropa interior ,de mirada coqueta y dulce a la vez, le besaba el pecho con mucho cariño sobre la cama de una habitación de hostal. Ella se veía feliz. Feliz de estar ahí con él. “Está templadaza de mí”, pensó, “se supone que somos patas, nada más que patas. Para mí que ella quiere algo más”. Luego recordó lo que tanto pavor le habría causado hace instantes. “¿Qué pasaría si te dijera que tengo esposa o enamorada?, le dijo a la chica cariñosa. “Te ahorco, nada más”. “Pues, ahórcame” Una mueca irónica llenó el rostro de Mayra. Cómo amaba sus muecas. “Mentira, muñeca, no tengo ni esposa, ni novia, ni enamorada…”



Mayra abrió la puerta de su departamento y encontró las dos caras de una moneda.

Su mejor amiga envuelta en una carcajada inmortal junto a su mejor amigo sumido en pánico. Un segundo infinito pasó y los tres se miraron.



“Soy de palo, soy de palo, tengo orejas de pescado” gritaba Jonathan con ambas manos tapando sus orejas mientras corría dentro del departamento a encerrarse en el baño.


2. Mayra

El reloj marcaba las doce y quince minutos de la mañana cuando Mayra recibió la primera de las dos únicas llamadas que tendría durante ese día. Luego de eso sólo podría insistir en llamar pero nunca encontraría señal. La telefonía murió pasada una media hora de empezados los hechos. Si algún día pasó por la mente de alguna persona qué sería de la humanidad sin medios de comunicación durante todo un día, cualquier respuesta creída válida sería sumamente mínima ante lo ocurrido. Las veinte horas sin comunicación quedarán marcadas en la memoria de todos y, probablemente, muchos no podrán recobrarse de ello.

Sonó el teléfono. Mayra, somnolienta y en medio de la oscuridad, tanteó sobre la cama buscándolo. Durante un segundo recordó que su prometido estaba a siete horas de diferencia en otra ciudad y pensó en él. Sin abrir los ojos siguió palpando alrededor suyo tratando de encontrar el motivo del ruido. Puede que sea él, puede que sea él.

- ¿Alo?- contestó aún sin abrir sus párpados.
- ¡Es un imbécil!- escuchó a Angie gritar al otro lado de la línea.
- ¿Quién?- atinó a decir con voz somnolienta.
- ¡Marcos, pues, quién más va a ser!
- Um… - buscó el interruptor de la lámpara encima de su mesita de noche - ¿Qué pasó?
- ¡¿Tienes idea de lo que me dijo el imbécil ese?!
- Supongo que no.
- “Ta’ mare esta huevona no se mueve como mi ex.”
- ¿Cómo?
- ¡Eso dijo!- su voz sonó entrecortada.
- ¿Estás segura?
- ¡Claro que si! – Angie estaba furiosa ahora.
- ¿Dónde estás?
- En el baño, me estoy cambiando de ropa. Voy para tu depa, ¿si?
- ¿Segura? ¿No quieres que te recoja?
- No- se podía escuchar cómo se enjugaba las lágrimas.- Yo estoy bien… uno más para la lista ¿no?

Dos pequeños avisos sonaron en el teléfono. Nombre tenía una llamada entrante. Cuando se dio cuenta de quién era lo dudó por un momento. No podía dejar a su amiga así, pero que esa persona la llamara a esas horas no tenía lógica.

- Muñeca, espérame un minuto, no cuelgues por favor.

Fue ahí dónde todo cambió para ella. Las siguientes horas se convertirían en la locura jamás imaginada por la mente del hombre.

- ¿Jona?
- ¡Mayra!, no cuelgues. ¿Sabes que está pasando?...
- ¿Perdón?
- Fijate en la tele… - ¡Mierda!- un sonido estrepitoso se confundió con su voz.
. ¿Jona? ¿Estás bien? ¿Qué paso?- Mayra dio un salto de la cama. El ruido de dos objetos metálicos chocando aulló por el teléfono. - ¡Jona!

La sangre fluía a mil por todo su cuerpo. Un momento de pánico la invadió.

- Mayra nos hemos chocado. ¡Carajo! Esto es una cagada. La gente esta loca…

Entre grito y grito, más sonidos de carros estrellándose uno con otro se escuchaban en la línea.
- ¿Dónde estas?
- Estoy… ¡puta madre! Casi lo arrollan a ese huevón. ¿Viste? – decía Jonathan hablando con otra persona.
- ¡Jona! ¡¿Dónde estas?!
- Estoy por el Óvalo Higuereta… a una cuadra del Plaza Vea… ¡Mierda! ¡Lo van a matar!

De pronto un portazo se oyó. Mayra dio tres pasos para llegar a la sala y corrió hacia su puerta. Puso el cerrojo casi temblando. Podía oír cientos de gritos a través de la ventana que daba hacia la calle. Una dosis de adrenalina corría por sus venas. Recordó el teléfono.

- ¿Jona? ¿Estás ahí?
- ¡Sí!... ¡Qué carajos está pasando!
- No lo sé. Quédate ahí Angie está con su carro- Le diré que te recoja. ¡Quédate en el Plaza Vea!
- ¡Que se apure!

No lo volvió a escuchar. Presiono el botón de llamada en espera cuando escuchó a alguien conocido gritar por la ventana.

- ¿Alo? Escuchó débilmente por el teléfono.
- ¡ Angie!, ¡Angie! ¿Ya saliste del hostal?
- No, aún no… ¿qué está pasando allá afuera?...
- No lo sé… por favor, ven con mucho cuidado ¿si?
- Ok…
- ¡Espera! ¡Angie! ¿Estás ahí?
- ¡Sí, dime!
- Jonathan está varado en el Plaza Vea del Óvalo Higuereta. Pasa por él por favor, esta asustadazo.
- Ok, ok- Angie contestó a regañadientes. Su relación con Jonathan no era la mejor, sobretodo luego de que hubieran estado juntos por una noche – Te llamo cuando esté llegando, ¿si?.
- Ok. Ven con cuidado. – Colgó.

Un golpe mucho más fuerte hizo que Mayra soltara un grito. Abrió la ventana sólo hasta la mitad y miró hacia arriba. Su vecina, Johana, estaba tirando toda pertenencia de su esposo a través de su balcón. Camisas, pantalones, ropa interior, papeles, sacos, etc. Todo caía al suelo de la calle. Sólo entonces atinó a mirar hacia abajo. Carlos, el dichoso esposo miraba espantado como su señora se deshacía de cuanto objeto de valor suyo estuviera dentro de la casa.

- ¡Eres un desgraciado! – Johana parecía una bestia apunto de embestir a quien se le acercara.
- ¡Johana! ¡Por favor! ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Déjame entrar!
- ¡¿Cómo pudiste hacerme eso?!
- ¡La verdad es que no fue fácil! Tuve que hacerlo rápido para que no te dieras cuenta, tú estabas en la sala cuando me la tiraba en el baño.

Y se soltó la bestia. Floreros, vasijas, ceniceros, vasos y cualquier objeto que pudiera ocasionar daño físico iban cayendo en dirección a un hombre que se protegía como podía desesperado y sin poder creer lo que acababa de decir.

En ese momento, Mayra pensó en ir a tranquilizar a la mujer del piso de arriba. Lo va a matar, lo va a matar se decía a si misma. Corrió la cerradura y abrió la puerta lo más rápido posible y dio un paso hacia fuera.. Eso sería lo más lejos que estaría de su departamento. La mujer que vivía frente a ella y a la que nunca dirigió más que un “hola”, golpeaba con un periódico enrolado a un chico guapo completamente desnudo. Mayra tragó saliva y volvió un paso atrás. Se encerró una vez más. Respiraba fuertemente con la boca abierta. ¡Qué demonios está pasando!, pensó.

Cogió el teléfono para llamar a casa de sus padres. La línea estaba muerta. Tan solo un pitido sin fin. Volvió a intentar. Nada. Llamó a Angie. Nada. Un golpe más y los gritos de dolor del hombre fuera de la calle. La televisión, recordó.

Cogió el control remoto sobre la mesa de centro. Encendió la televisión y luego, cayó al sillón. Las imágenes que aparecían en todos los canales eran inverosímiles. Un temor aún más grande cortó su respiración. Estaba por todos lados. Cualquier cosa que estuviera pasando estaba sucediendo a nivel mundial. Mayra pensó entonces en un chico de mediana estatura con rostro tristón y ojeras pronunciadas. Su corazón estalló. Su prometido estaba fuera del país. Se suponía que llegaría mañana en la madrugada. Y, entonces, la señal de la televisión se cortó. Cambio de canal, pero nada. La computadora, pensó. Corrió hacia su cuarto y encendió su laptop. No había señal de Internet inalámbrico. La radio. La radio debe estar aún. Nada. No había nada.

1. Jonathan



Eran las once y cincuenta y ocho minutos en una discoteca conocida de la Calle de las Pizzas en Miraflores. Siendo fin de semana, el local andaba lleno. Hombres y mujeres se divertían en la pista de baile o en las mesas bebiendo cerveza. Jonathan estaba ahí vestido con una camiseta blanca Nike manga corta y unos jeans azules. Era un atuendo casual pero no por eso menos provocador. Los músculos bien formados de sus brazos se veían bien en esa camiseta. Él lo sabía. Quería impresionar a la chica que había conocido un día antes en una salida en grupo. Sentado en la mesa, la veía bailar junto con una amiga. Una vez terminada la canción, la chica se acercó.

- Baila conmigo.- le dijo, casi gritando para que la pudiera escuchar.

Jonathan dejó su vaso con cerveza en la mesa y la acompañó a la mitad de la pista. La chica se veía impresionante. Sus caderas se movían de forma insinuante. Bailando así, se le acercó lo suficiente como para sentir ambos sus cuerpos, se dio la media vuelta seduciéndolo con la mirada. Sabe lo que tiene, pensó. De pronto ella le sonrió y todo cambió en ese momento. Jonathan habló por primera vez ese día.

- Me siento como un huevón bailando acá como cojudos, porqué no te dejas de huevadas y nos vamos a un “telo”.

No podía creer lo que acababa de decir. Su respiración se acortó. Su mente quedó en blanco. No pudo moverse. Pasmado, sin entender nada la miró. Ella tenía lo miraba confundida, había dejado de bailar tan eufóricamente y ahora solo se movía un poco. Se acercó de nuevo a él.

- ¡Perdón, no te escuché bien!- Le gritó al odio.
- Pensaba en que chucha hacemos aquí. De la forma en que te mueves deberíamos irnos a un “telo”.

La chica lo miró con una expresión de pavor. Por un segundo, sus ojos color caramelo estaban llenos de miedo y de pronto su rostro cambió. Estaba furiosa. Rabiosa. Lista para actuar.

Alrededor de ellos, el mundo empezó a cambiar. La mayoría de chicas habían dejado de bailar. Tanto en la pista como en las mesas se escuchaba ¡¿Que tienes, ah?! ¡Oye imbécil, ¿qué has dicho?! ¡¿Qué te pasa?, ¿Estás loco?!

Luego vendrían las cachetadas. Por todos lados manos furiosas golpeaban rostros inmóviles asombrados de lo que acababan de decir.

- ¡Es que sólo quiero tirar contigo, ¿entiendes?! – un chico tuvo la desdicha de hablar en voz alta en el momento en que la música paró. Nadie supo que hacer. Hombres y mujeres se miraron unos a otros sin comprender lo que estaba sucediendo. Entonces, pasaron mil cosas a la vez. Jonathan vio como a su alrededor chicas se iban retirando solas del local. Otras lloraban en brazos de sus amigas mientras que hombres trataban de explicar una y otra vez lo que trataban de decir con peores resultados. Gritos y empujones por todos lados. Un muchacho corpulento acababa de darle un puñetazo a su amigo. ¡Repite lo que has dicho huevón!, le gritaba agarrándolo de la camisa. Las luces se encendieron completamente y sólo en ese momento notó que su compañera de baile se había retirado. En medio de la histeria decidió irse de una buena vez. A su lado una chica de cabello color negro, de estatura baja y figura casi recta se abalanzó sobre un chico de lentes a besarlo. ¡Yo también te quiero! Se oía entre beso y beso. ¡Amor, te juro que ese tío sólo se la quiere tirar! le decía un joven a su enamorada al otro extremo de la misma mesa.

- Eso es cierto- dijo Jonathan en voz alta en dirección a la enamorada.
- ¡Tú que te metes, huevón! – contestó el joven.
- No lo sé, perdón. En serio.

Mientras bajaba las escaleras del local con dirección a la calle, pensaba en buscar un taxi e irse a casa. En la calle la escena era parecida o peor que dentro. Hombres pidiendo perdón por todos lados sin mejora alguna. Mujeres indignadas y furiosas. Hombres peleando entre ellos. Grupos que se dispersaban. Platos que rodaban por el aire. Vasos rotos. Mentadas de madre. Unas cuantas cachetadas más. Y muy de vez en cuando escenas de amor y ternura se veían. Todos intentaban salir de ahí. Los taxis andaban llenos. La gente en los pocos buses que quedaban circulando se bajaba de los carros. La calle se volvió un pandemonio.

- ¿Jonathan?- escuchó la voz conocida de una mujer. Dio la vuelta para verla.

La reconoció. En su mente la escena de ella desnuda sobre él “cabalgando” en una cama de un hostal cercano al lugar.

- Hola, perdón no recuerdo tu nombre pero sí que bien cachabas. ¿Que haces?

Un puñetazo lleno de furia dirigido a su naríz lo dejó en el suelo. De pronto recordó.

- ¡Mierda! Verdad que hacías pesas ¿no? Por eso estabas tan fuertota ese día.

La cabeza en cero una vez más. Sabía que no quería decir eso pero por alguna razón simplemente no podía no hacerlo. Esa fue el primer momento en el que pensó en lo que pasaba alrededor suyo. Una ola de euforia lo llenó por completo. Miró una vez más a las personas que lo rodeaban. Escuchaba miles de disculpas siempre seguidas de algo que no debía decirse. Estaban diciéndolo todo. Absolutamente todo. Un pensamiento inaudito cruzo su mentë: No podemos mentir. Alguien corría despavorido. Vio como los pocos hombres que tenían carro echaban a andar lo más rápido posible. Un joven trataba de conseguir taxi hacia San Luis, tres hombres más se subieron al carro desesperados por encontrar una salida.

- Sácame de aquí, tío. De ahí compartimos gastos- escuchó. No lo pensó dos veces.
- ¡Hey!, llévame hasta donde puedas, te pago.
- Sube al toque pes, huevón. Mi jerma me está buscando. ¡al toque!- subió tan rápido como pudo.
- ¿A dónde los llevo, jovencitos?
- A dónde sea, maestro. Arranque no más.

Prefacio

Ha pasado veintitrés horas y quince minutos desde que todo empezó. Mis párpados están descomunalmente hinchados de tanto llorar. Mis ojos estirados arden al contacto con la luz del cuarto. Pero no quiero apagar la luz. Aún se escuchan gritos de cuando en cuando en las calles. Las sirenas de los carros han andado todo el día por todo Lima. Miento. Por todo el mundo. Sin embargo, a estas horas casi todo está en calma. Ha habido actos de violencia, actos desesperados, de odio, de amor, de desolación, de alegría, de cooperación. Las mujeres del mundo nunca nos hemos sentido tan solas como hoy y en nuestra soledad, hemos recurrido a nosotras mismas. Para bien en muchos casos, para mal en otros. No es que no supiéramos más de la mitad de lo que hemos descubierto. Lo sabíamos. Pero para muchas, la verdad era tan sólo un secreto a voces guardado bajo siete llaves bajo las manos de los hombres.

Los reportes indican que todo vuelve a la normalidad luego de cumplidas las veinticuatro horas. Alrededor del mundo las cosas han cambiado. Los movimientos feministas ya hablan de un nuevo orden mundial, de cambios radicales. Los noticieros, la radio, los twits, las redes, todos hablan de lo que ha significado este día. Acá aún no termina. Vivimos estos últimos en un silencio casi agónico. Se harán libros enteros acerca de este día. La historia lo tomará como un hito para la humanidad. Películas, reportajes, artículos, esculturas, obras teatrales, etc., Cada quién contará su propia versión de los hechos. Harán teorías de lo que sucedió. Nada de eso me importa ahora. Me voy a casar en tres semanas. Sólo tres semanas. Tengo todo listo y, aún así, mi cabeza no deja de dar vueltas. Echada en mi cama espero no a la medianoche sino la una de la mañana, hora en la que el avión de mi prometido llega a Lima. Ha estado fuera durante una semana por motivos de negocio. La comunicación hoy ha estado imposible. No era para menos. Todo medio de comunicación ha colapsado. No sé si él estará bien.

Suenan unas llaves moverse fuera del departamento. Mi mente se nubla, mi respiración se acelera. Puedo sentir mi corazón vibrar y golpear como un descabellado. Sólo él tiene las llaves. Ha llegado antes. Lo oigo decir mi nombre. No tengo idea de que hacer. No puedo respirar. Él entra al cuarto.

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