2. Mayra
El reloj marcaba las doce y quince minutos de la mañana cuando Mayra recibió la primera de las dos únicas llamadas que tendría durante ese día. Luego de eso sólo podría insistir en llamar pero nunca encontraría señal. La telefonía murió pasada una media hora de empezados los hechos. Si algún día pasó por la mente de alguna persona qué sería de la humanidad sin medios de comunicación durante todo un día, cualquier respuesta creída válida sería sumamente mínima ante lo ocurrido. Las veinte horas sin comunicación quedarán marcadas en la memoria de todos y, probablemente, muchos no podrán recobrarse de ello.
Sonó el teléfono. Mayra, somnolienta y en medio de la oscuridad, tanteó sobre la cama buscándolo. Durante un segundo recordó que su prometido estaba a siete horas de diferencia en otra ciudad y pensó en él. Sin abrir los ojos siguió palpando alrededor suyo tratando de encontrar el motivo del ruido. Puede que sea él, puede que sea él.
- ¿Alo?- contestó aún sin abrir sus párpados.
- ¡Es un imbécil!- escuchó a Angie gritar al otro lado de la línea.
- ¿Quién?- atinó a decir con voz somnolienta.
- ¡Marcos, pues, quién más va a ser!
- Um… - buscó el interruptor de la lámpara encima de su mesita de noche - ¿Qué pasó?
- ¡¿Tienes idea de lo que me dijo el imbécil ese?!
- Supongo que no.
- “Ta’ mare esta huevona no se mueve como mi ex.”
- ¿Cómo?
- ¡Eso dijo!- su voz sonó entrecortada.
- ¿Estás segura?
- ¡Claro que si! – Angie estaba furiosa ahora.
- ¿Dónde estás?
- En el baño, me estoy cambiando de ropa. Voy para tu depa, ¿si?
- ¿Segura? ¿No quieres que te recoja?
- No- se podía escuchar cómo se enjugaba las lágrimas.- Yo estoy bien… uno más para la lista ¿no?
Dos pequeños avisos sonaron en el teléfono. Nombre tenía una llamada entrante. Cuando se dio cuenta de quién era lo dudó por un momento. No podía dejar a su amiga así, pero que esa persona la llamara a esas horas no tenía lógica.
- Muñeca, espérame un minuto, no cuelgues por favor.
Fue ahí dónde todo cambió para ella. Las siguientes horas se convertirían en la locura jamás imaginada por la mente del hombre.
- ¿Jona?
- ¡Mayra!, no cuelgues. ¿Sabes que está pasando?...
- ¿Perdón?
- Fijate en la tele… - ¡Mierda!- un sonido estrepitoso se confundió con su voz.
. ¿Jona? ¿Estás bien? ¿Qué paso?- Mayra dio un salto de la cama. El ruido de dos objetos metálicos chocando aulló por el teléfono. - ¡Jona!
La sangre fluía a mil por todo su cuerpo. Un momento de pánico la invadió.
- Mayra nos hemos chocado. ¡Carajo! Esto es una cagada. La gente esta loca…
Entre grito y grito, más sonidos de carros estrellándose uno con otro se escuchaban en la línea.
- ¿Dónde estas?
- Estoy… ¡puta madre! Casi lo arrollan a ese huevón. ¿Viste? – decía Jonathan hablando con otra persona.
- ¡Jona! ¡¿Dónde estas?!
- Estoy por el Óvalo Higuereta… a una cuadra del Plaza Vea… ¡Mierda! ¡Lo van a matar!
De pronto un portazo se oyó. Mayra dio tres pasos para llegar a la sala y corrió hacia su puerta. Puso el cerrojo casi temblando. Podía oír cientos de gritos a través de la ventana que daba hacia la calle. Una dosis de adrenalina corría por sus venas. Recordó el teléfono.
- ¿Jona? ¿Estás ahí?
- ¡Sí!... ¡Qué carajos está pasando!
- No lo sé. Quédate ahí Angie está con su carro- Le diré que te recoja. ¡Quédate en el Plaza Vea!
- ¡Que se apure!
No lo volvió a escuchar. Presiono el botón de llamada en espera cuando escuchó a alguien conocido gritar por la ventana.
- ¿Alo? Escuchó débilmente por el teléfono.
- ¡ Angie!, ¡Angie! ¿Ya saliste del hostal?
- No, aún no… ¿qué está pasando allá afuera?...
- No lo sé… por favor, ven con mucho cuidado ¿si?
- Ok…
- ¡Espera! ¡Angie! ¿Estás ahí?
- ¡Sí, dime!
- Jonathan está varado en el Plaza Vea del Óvalo Higuereta. Pasa por él por favor, esta asustadazo.
- Ok, ok- Angie contestó a regañadientes. Su relación con Jonathan no era la mejor, sobretodo luego de que hubieran estado juntos por una noche – Te llamo cuando esté llegando, ¿si?.
- Ok. Ven con cuidado. – Colgó.
Un golpe mucho más fuerte hizo que Mayra soltara un grito. Abrió la ventana sólo hasta la mitad y miró hacia arriba. Su vecina, Johana, estaba tirando toda pertenencia de su esposo a través de su balcón. Camisas, pantalones, ropa interior, papeles, sacos, etc. Todo caía al suelo de la calle. Sólo entonces atinó a mirar hacia abajo. Carlos, el dichoso esposo miraba espantado como su señora se deshacía de cuanto objeto de valor suyo estuviera dentro de la casa.
- ¡Eres un desgraciado! – Johana parecía una bestia apunto de embestir a quien se le acercara.
- ¡Johana! ¡Por favor! ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Déjame entrar!
- ¡¿Cómo pudiste hacerme eso?!
- ¡La verdad es que no fue fácil! Tuve que hacerlo rápido para que no te dieras cuenta, tú estabas en la sala cuando me la tiraba en el baño.
Y se soltó la bestia. Floreros, vasijas, ceniceros, vasos y cualquier objeto que pudiera ocasionar daño físico iban cayendo en dirección a un hombre que se protegía como podía desesperado y sin poder creer lo que acababa de decir.
En ese momento, Mayra pensó en ir a tranquilizar a la mujer del piso de arriba. Lo va a matar, lo va a matar se decía a si misma. Corrió la cerradura y abrió la puerta lo más rápido posible y dio un paso hacia fuera.. Eso sería lo más lejos que estaría de su departamento. La mujer que vivía frente a ella y a la que nunca dirigió más que un “hola”, golpeaba con un periódico enrolado a un chico guapo completamente desnudo. Mayra tragó saliva y volvió un paso atrás. Se encerró una vez más. Respiraba fuertemente con la boca abierta. ¡Qué demonios está pasando!, pensó.
Cogió el teléfono para llamar a casa de sus padres. La línea estaba muerta. Tan solo un pitido sin fin. Volvió a intentar. Nada. Llamó a Angie. Nada. Un golpe más y los gritos de dolor del hombre fuera de la calle. La televisión, recordó.
Cogió el control remoto sobre la mesa de centro. Encendió la televisión y luego, cayó al sillón. Las imágenes que aparecían en todos los canales eran inverosímiles. Un temor aún más grande cortó su respiración. Estaba por todos lados. Cualquier cosa que estuviera pasando estaba sucediendo a nivel mundial. Mayra pensó entonces en un chico de mediana estatura con rostro tristón y ojeras pronunciadas. Su corazón estalló. Su prometido estaba fuera del país. Se suponía que llegaría mañana en la madrugada. Y, entonces, la señal de la televisión se cortó. Cambio de canal, pero nada. La computadora, pensó. Corrió hacia su cuarto y encendió su laptop. No había señal de Internet inalámbrico. La radio. La radio debe estar aún. Nada. No había nada.
Sonó el teléfono. Mayra, somnolienta y en medio de la oscuridad, tanteó sobre la cama buscándolo. Durante un segundo recordó que su prometido estaba a siete horas de diferencia en otra ciudad y pensó en él. Sin abrir los ojos siguió palpando alrededor suyo tratando de encontrar el motivo del ruido. Puede que sea él, puede que sea él.
- ¿Alo?- contestó aún sin abrir sus párpados.
- ¡Es un imbécil!- escuchó a Angie gritar al otro lado de la línea.
- ¿Quién?- atinó a decir con voz somnolienta.
- ¡Marcos, pues, quién más va a ser!
- Um… - buscó el interruptor de la lámpara encima de su mesita de noche - ¿Qué pasó?
- ¡¿Tienes idea de lo que me dijo el imbécil ese?!
- Supongo que no.
- “Ta’ mare esta huevona no se mueve como mi ex.”
- ¿Cómo?
- ¡Eso dijo!- su voz sonó entrecortada.
- ¿Estás segura?
- ¡Claro que si! – Angie estaba furiosa ahora.
- ¿Dónde estás?
- En el baño, me estoy cambiando de ropa. Voy para tu depa, ¿si?
- ¿Segura? ¿No quieres que te recoja?
- No- se podía escuchar cómo se enjugaba las lágrimas.- Yo estoy bien… uno más para la lista ¿no?
Dos pequeños avisos sonaron en el teléfono. Nombre tenía una llamada entrante. Cuando se dio cuenta de quién era lo dudó por un momento. No podía dejar a su amiga así, pero que esa persona la llamara a esas horas no tenía lógica.
- Muñeca, espérame un minuto, no cuelgues por favor.
Fue ahí dónde todo cambió para ella. Las siguientes horas se convertirían en la locura jamás imaginada por la mente del hombre.
- ¿Jona?
- ¡Mayra!, no cuelgues. ¿Sabes que está pasando?...
- ¿Perdón?
- Fijate en la tele… - ¡Mierda!- un sonido estrepitoso se confundió con su voz.
. ¿Jona? ¿Estás bien? ¿Qué paso?- Mayra dio un salto de la cama. El ruido de dos objetos metálicos chocando aulló por el teléfono. - ¡Jona!
La sangre fluía a mil por todo su cuerpo. Un momento de pánico la invadió.
- Mayra nos hemos chocado. ¡Carajo! Esto es una cagada. La gente esta loca…
Entre grito y grito, más sonidos de carros estrellándose uno con otro se escuchaban en la línea.
- ¿Dónde estas?
- Estoy… ¡puta madre! Casi lo arrollan a ese huevón. ¿Viste? – decía Jonathan hablando con otra persona.
- ¡Jona! ¡¿Dónde estas?!
- Estoy por el Óvalo Higuereta… a una cuadra del Plaza Vea… ¡Mierda! ¡Lo van a matar!
De pronto un portazo se oyó. Mayra dio tres pasos para llegar a la sala y corrió hacia su puerta. Puso el cerrojo casi temblando. Podía oír cientos de gritos a través de la ventana que daba hacia la calle. Una dosis de adrenalina corría por sus venas. Recordó el teléfono.
- ¿Jona? ¿Estás ahí?
- ¡Sí!... ¡Qué carajos está pasando!
- No lo sé. Quédate ahí Angie está con su carro- Le diré que te recoja. ¡Quédate en el Plaza Vea!
- ¡Que se apure!
No lo volvió a escuchar. Presiono el botón de llamada en espera cuando escuchó a alguien conocido gritar por la ventana.
- ¿Alo? Escuchó débilmente por el teléfono.
- ¡ Angie!, ¡Angie! ¿Ya saliste del hostal?
- No, aún no… ¿qué está pasando allá afuera?...
- No lo sé… por favor, ven con mucho cuidado ¿si?
- Ok…
- ¡Espera! ¡Angie! ¿Estás ahí?
- ¡Sí, dime!
- Jonathan está varado en el Plaza Vea del Óvalo Higuereta. Pasa por él por favor, esta asustadazo.
- Ok, ok- Angie contestó a regañadientes. Su relación con Jonathan no era la mejor, sobretodo luego de que hubieran estado juntos por una noche – Te llamo cuando esté llegando, ¿si?.
- Ok. Ven con cuidado. – Colgó.
Un golpe mucho más fuerte hizo que Mayra soltara un grito. Abrió la ventana sólo hasta la mitad y miró hacia arriba. Su vecina, Johana, estaba tirando toda pertenencia de su esposo a través de su balcón. Camisas, pantalones, ropa interior, papeles, sacos, etc. Todo caía al suelo de la calle. Sólo entonces atinó a mirar hacia abajo. Carlos, el dichoso esposo miraba espantado como su señora se deshacía de cuanto objeto de valor suyo estuviera dentro de la casa.
- ¡Eres un desgraciado! – Johana parecía una bestia apunto de embestir a quien se le acercara.
- ¡Johana! ¡Por favor! ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Déjame entrar!
- ¡¿Cómo pudiste hacerme eso?!
- ¡La verdad es que no fue fácil! Tuve que hacerlo rápido para que no te dieras cuenta, tú estabas en la sala cuando me la tiraba en el baño.
Y se soltó la bestia. Floreros, vasijas, ceniceros, vasos y cualquier objeto que pudiera ocasionar daño físico iban cayendo en dirección a un hombre que se protegía como podía desesperado y sin poder creer lo que acababa de decir.
En ese momento, Mayra pensó en ir a tranquilizar a la mujer del piso de arriba. Lo va a matar, lo va a matar se decía a si misma. Corrió la cerradura y abrió la puerta lo más rápido posible y dio un paso hacia fuera.. Eso sería lo más lejos que estaría de su departamento. La mujer que vivía frente a ella y a la que nunca dirigió más que un “hola”, golpeaba con un periódico enrolado a un chico guapo completamente desnudo. Mayra tragó saliva y volvió un paso atrás. Se encerró una vez más. Respiraba fuertemente con la boca abierta. ¡Qué demonios está pasando!, pensó.
Cogió el teléfono para llamar a casa de sus padres. La línea estaba muerta. Tan solo un pitido sin fin. Volvió a intentar. Nada. Llamó a Angie. Nada. Un golpe más y los gritos de dolor del hombre fuera de la calle. La televisión, recordó.
Cogió el control remoto sobre la mesa de centro. Encendió la televisión y luego, cayó al sillón. Las imágenes que aparecían en todos los canales eran inverosímiles. Un temor aún más grande cortó su respiración. Estaba por todos lados. Cualquier cosa que estuviera pasando estaba sucediendo a nivel mundial. Mayra pensó entonces en un chico de mediana estatura con rostro tristón y ojeras pronunciadas. Su corazón estalló. Su prometido estaba fuera del país. Se suponía que llegaría mañana en la madrugada. Y, entonces, la señal de la televisión se cortó. Cambio de canal, pero nada. La computadora, pensó. Corrió hacia su cuarto y encendió su laptop. No había señal de Internet inalámbrico. La radio. La radio debe estar aún. Nada. No había nada.
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