3. Dos en el camino

Jonathan vio como el Toyota verde petróleo de Angie se sobre paraba cerca a él. Abrió la puerta y entró tan pronto como pudo.

- Gracias. Esto es una cagada.

- ¿Tienes idea de lo que pasa?

- No, nada. ¿En la radio no dicen nada?

- No hay señal. Mira si quieres.



Jonathan encendió el equipo moderno instalado hace unas cuantas semanas atrás. Tenía toda la razón. No había ningún tipo de señal. El carro olía al desodorante de ambiente con aroma a frutas que alguna vez lo distrajo cuando trataba de besar a Angie en el cuello. Lo recordó y sin saber porqué, habló.



- Deberías de cambiar de aromatizante. Esta huevada me distrajo ese día, ¿te acuerdas?



Se miraron el uno al otro. Ella con ojos de confusión y él con pánico. Su mente se llenaba de imágenes de la discoteca y se tapó la boca con ambas manos



- ¿Qué tienes? – Angie lo miró como si mirara a un objeto mal oliente.

- Estaba recordando el día que tiramos acá en el carro. !Ahhhh…. !– un grito salió de sus labios y volvió a taparse la boca.

- ¿Qué te pasa? - Está vez la mirada sería de preocupación.

- Es que no puedo dejar de hablar. Osea, no puedo dejar de decir lo que pienso.

- Lo sé… eres algo idiota por eso, pero…

- No, no. No puedo evitarlo, simplemente lo digo. Y no soy solo yo. ¿Has visto a los demás?



Angie miró aterrorizada a su compañero de viaje y volvió la mirada hacia la ruta. Se volvió loco, pensó. Entonces Jonathan siguió: "No sé porque, pero simplemente tengo que decir lo que tengo en la mente. Y a todos los demás que estábamos en la discoteca les pasó lo mismo. "



Por la cabeza de Angie, la imagen de Marcos y la estupidez que él había dicho antes que ella lo botara de la habitación.



- ¿Me estás diciendo que no pueden mentir? – preguntó, mirándolo de reojo.

- ¡Exacto! ¡No podemos mentir!

- No lo puedo creer… Pero, entonces… No puede ser. No tiene sentido...

- ¡Eso ya lo sé! – gritó Jonathan impaciente.

- ¿Por eso me dijo eso?

- ¿Quién? ¿Qué cosa?

- Marcos. Me dijo que no me movía como su ex… ¡el muy imbécil, ese!

- ¿Estaban en el telo?

- Sí.

- Ah… eso es normal. Nos pasa a todos, a veces. Pensamos en otra persona. Cuando estaba contigo pensaba en Scarlet Johanson. Esa flaca está más buena.



Se miraron una vez más. Los ojos de Angie se le llenaron de rabia y asco. Jonathan solo atinó a taparse las orejas con ambas manos y tararear en voz alta algo como “No te escucho, no te escucho, no escucho nada”. Angie empezó a golpearlo con una sola mano mientras con la otra conducía camino al departamento de su mejor amiga. Con cada golpe Angie pronunciaba una por una cada sílaba: ¡¿Qué – de-mo-nios- pa-sa – con-ti-go!



Jonathan seguía con ambas manos en la cabeza. “No te oigo, no te oigo. Soy de palo, soy de palo, tengo orejas de pescado", decía lo más fuerte que podía con tal de no pensar.



- No tienes remedio. Pareces un niño.



Angie regresó ambas manos al volante y continuó con la mirada fija en la pista. Quería concentrarse en conducir pero simplemente le era imposible. Su mente estaba obsesionada con recordar cada instante que pasó junto a su acompañante esa noche. “Todo estaba bien”, pensó. Caminaron por el malecón, conversaron de todo lo que habían hecho desde la última cita, rieron, comieron pollo, un trago en Rustica, todo estuvo bien, ¿en qué momento cambió? Recorrió cada caricia en su memoria. Nada fuera de lo común. Besos, toqueteos, etc. Entonces, su rostro cambió. Su respiración se aceleró y justo ahí, lo recordó muy bien. Marcos había dicho en medio de la oscuridad: “Uy, que rica. Me la voy a comer todita. Ya cayó.” En un primer momento, Angie pensó que había escuchado mal, pero ahora no le quedaban dudas. “Ojala no me venga rápido.” “Ta’ mare, no traje condón”



- ¡Cuídado!- gritó Jonathan.



Tres cosas pasaron al mismo tiempo. Angie vio como un hombre cruzaba despavorido la pista sin ver a ningún lado. Ella tampoco lo había visto. Por un instante pensó que lo mataría, pero la voz de Jonathan la despertó. Pisó con toda su fuerza el freno y el carro se detuvo en seco. El hombre ni siquiera se inmutó tras esto. Vio de reojo el coche que acababa de parar frente a él y siguió corriendo como si lo persiguiera el diablo. Un segundo más tarde, el diablo venía en otro auto. Una mujer conducía una camioneta blanca a toda velocidad en dirección al casi atropellado.



Ambos amigos se miraron sin decir nada por un largo momento. De repente Jonathan volvió a su estado de defensa. “Soy de palo soy de palo…” ambas manos en las orejas, una vez más. No se dirían ni una sola palabra hasta llegar donde Mayra.



Estacionaron justo frente a la puerta del edificio. Con todo el caos que había, ningún sitio era seguro para el auto, así que decidieron dejarlo ahí hasta que Mayra pudiera darles las llaves del estacionamiento privado. Tocaron el timbre de la reja principal. Mayra los dejó pasar. Ella vivía en el cuarto piso del lado derecho. Jonathan había permanecido en silencio hasta ese momento pero al subir las escaleras, sin pensarlo habló:



- Voy a pedirle a Mayra un tequila. Ah… como necesito chupar.

- Haz lo que quieras – contestó Angie dando un suspiro y con voz de aburrimiento – La verdad, no tengo idea como puedes estar tan tranquilo en este momento.

- ¿De que hablas?

- Bueno, ya dejaste tu lado paranoico y, al menos, conversas como persona normal.

- ¿Y eso que tiene que ver?

- Pues… estamos a un minuto de ver a la mujer que consideras tu mejor amiga. A la de, según tú, "mayor estima". ¿No tienes miedo?

- Nada que ver – dijo Jonathan con aire altanero- En este infierno, el depa de Mayra es mi paraíso personal. No hay nada que le oculte o le haya ocultado.

- Eso no te lo creo – contestó Angie entre risas, mirándolo fijamente. Habían llegado a la puerta del departamento. El rostro confiado de Jonathan esbozó una sonrisa pícara. Angie alzó las cejas. De pronto la expresión del chico cambió por completo. Una mueca de dolor e incredibilidad lo invadió y sólo pudo  abrir la boca, completamente absorto.



Angie dio una carcajada… “! Entonces, sí hay algo! !Le  ocultas algo!” gritó satisfecha y con tono de victoria. Jonathan dio media vuelta con intenciones de huir.



- Ah… no, mi amor… ya es muy tarde - La chica lo tomó fuertemente de un brazo y con el otro tocó la puerta de su amiga.



Tres segundos pasaron para que Jonathan pudiera recordar tan solo una conversación de hace años atrás. En su mente, una chica simpática en ropa interior ,de mirada coqueta y dulce a la vez, le besaba el pecho con mucho cariño sobre la cama de una habitación de hostal. Ella se veía feliz. Feliz de estar ahí con él. “Está templadaza de mí”, pensó, “se supone que somos patas, nada más que patas. Para mí que ella quiere algo más”. Luego recordó lo que tanto pavor le habría causado hace instantes. “¿Qué pasaría si te dijera que tengo esposa o enamorada?, le dijo a la chica cariñosa. “Te ahorco, nada más”. “Pues, ahórcame” Una mueca irónica llenó el rostro de Mayra. Cómo amaba sus muecas. “Mentira, muñeca, no tengo ni esposa, ni novia, ni enamorada…”



Mayra abrió la puerta de su departamento y encontró las dos caras de una moneda.

Su mejor amiga envuelta en una carcajada inmortal junto a su mejor amigo sumido en pánico. Un segundo infinito pasó y los tres se miraron.



“Soy de palo, soy de palo, tengo orejas de pescado” gritaba Jonathan con ambas manos tapando sus orejas mientras corría dentro del departamento a encerrarse en el baño.


1 comentarios:

Camila Alfaro dijo...

wiii siguela Frescia :D
esta muy interesantee :D
byee
Cuidatee

Atte:Camii♥

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